miércoles, 20 de agosto de 2014


La certidumbre personal de la muerte nos humaniza

El pensamiento que todo ser humano tiene

y que le caracteriza como tal

es el pensamiento sobre su muerte,

sobre qué es tan cercana a él

cómo al resto de sus congéneres

y que no por ser él mismo va a ser librado de este paso.

Esta toma de conciencia

acerca de la propia mortalidad

es lo que supone comenzar a pensar

que uno mismo también es mortal

y también supone un comenzar,  en general, a pensar.

Nos hace madurar personalmente.

Una vez que uno se hace consciente

de su propia muerte comenzará a pensar en la vida.

Un animal es mortal, como un hombre,

pero no es consciente de serlo.

Las fieras pueden ser capaces de presentir el peligro,

pero no son conscientes de que van a morir

y menos de que, necesariamente van a morir.

La muerte es algo necesario para la vida,

por lo que cualquier ser vivo, irremediablemente,

morirá, él, no ningún otro en su lugar,

pues la muerte es algo necesario

unido al estar vivo,

un trance que obligatoriamente

se habrá de pasar.

La deuda que todos tenemos con la muerte

la debe pagar cada cual con su propia vida, no con otra

Al estar la muerte y la vida indiscutiblemente ligadas,

desde el momento en el que comenzamos a vivir

estaremos ya incansablemente perseguidos por la muerte.

Aunque en un momento de nuestra vida

nos encontremos jóvenes y sanos,

siempre podrá caber la posibilidad de tener un accidente

o de ser asesinado,

 lo cual nos induce a pensar

que la muerte ha de ser en todo momento

algo tomado en cuenta,

 pues siempre acechará tras nuestra vida.

No morimos por que estemos enfermos

sino porque estamos vivos

Podemos pensar, en cierto modo

incluso con añoranza,

en la inmortalidad,

pero en caso de ser inmortales

ya no seríamos humanos,

seríamos dioses.

Las religiones nos prometen

una vida después de la muerte.

De esta promesa podríamos deducir

que son los creyentes los que se engañan,

tratando así de evitar el enfrentamiento personal con la muerte.

Nosotros no somos capaces

de imaginarnos muertos. Lo más similar que podemos imaginar a este estado es cuando estamos dormidos,

es decir, quietos, ausentes,

con los ojos cerrados,

Podría ser que si los sueños

 no existiesen a nadie

se le hubiera ocurrido pensar

en la existencia de esa prometida

vida después de la muerte.

Epicuro trataba de inculcarnos la idea de que la muerte

no puede ser algo temible

para quien reflexiona sobre ella.

Su argumento nos trata de explicar

como la persona y la muerte

nunca son algo que coexistan,

pues mientras la persona vive

no lo hace con la muerte

y cuando la muerte llega

es porque la persona ya se ha ido.

Por esta razón afirma que "indudablemente nos morimos, pero nunca estamos muertos",

pues según él lo terrible sería

tener que convivir con la muerte,

es decir, "quedarse consciente de la muerte,

quedarse de algún modo presente

pero sabiendo que uno ya se ha ido del todo".

Lucrecio, discípulo de Epicuro,

apoya la idea de este argumentando

que si lo que nos pasa al morir

es que "dejamos de ser",

esa fase ya la hemos pasado otra vez,

 antes de nuestro nacimiento.

"Inquietarse por los años y los siglos

en los que ya no estaremos

resulta tan caprichoso como preocuparse

por los años y los siglos

en los que aún no habíamos venido al mundo"

Un gran pensador del siglo XVIII

daba la razón a Lucrecio afirmando que el estado

en el que nos encontrábamos

antes de la vida es al estado presente

como este al futuro.

Pero aunque desde su punto de vista

los momentos contrapuestos

tengan igualmente como conclusión

un cambio parecido

y tendríamos que temerlos de la misma forma,

nosotros seguiremos sin verlos igual,

 al no ser lo mismo ver algo que nos amenaza

de manera inminente que el ver

que también hace tiempo tuvimos

la amenaza de un cambio de estado,

aunque no saliéramos tan mal parados de él.

Según Spinoza no encontraremos nada positivo

que pensar en la muerte,

pues siempre que pensamos en ella

lo que vemos son cosas negativas,

ya sea la muerte deseada,

pues lo que veremos

será lo malo del mundo que vivimos,

o sea una muerte indeseada,

pues en lo que pensaremos

será en todo lo que dejaremos en este mundo.

Pero en ambos casos la muerte

sólo es la otra cara de la vida,

a la que siempre acabamos volviendo

cuando pensamos en la muerte,

por lo que en vez de quedarnos encerrados

en la angustia de la muerte,

quizá lo que deberíamos fuera intentar

comprender esa vida hacia la que

el pensar en la muerte siempre nos remite.

Antes de responder a las preguntas

que se nos plantean sobre la vida

deberemos preguntarnos

cómo vamos a responderlas de manera convincente,

 si no podemos responderlas

de manera convincente,

al menos deberemos buscar

cómo podemos entenderlas mejor,

pues a veces puede ser casi

tan importante o válido el comprender

bien la pregunta como una respuesta en sí.

Para empezar, la pregunta

nunca puede nacer de la pura ignorancia.

Si yo creyese que no sé nada

o en realidad no supiera nada

no podría preguntarme acerca de las cosas,

pues siempre mis preguntas

vienen hechas desde la base

de mis conocimientos

porque estos me parecen insuficientes y dudosos.

Acerca de lo que no sé absolutamente

nada ni siquiera puedo dudar o hacer preguntas

Por esto debo examinar mis conocimientos,

sobre los que puedo empezar haciendo tres preguntas:

Al hacerme la primera pregunta

me doy cuenta de que de los conocimientos que poseo,

unos me los han dicho otros,

otros los he estudiado

y sin embargo otros los he adquirido

por experiencia propia.

Pero, ¿hasta qué punto

estoy seguro de mis conocimientos?

No todas las cosas tienen el mismo grado

de certeza para nosotros

ni me parece que sean igualmente fiables.

Creerme algo solamente

porque me lo han dicho

no es prudente, las cosas estudiadas

a veces con el paso del tiempo varían y,

en cuanto a la experiencia propia,

muchas veces somos engañados por nuestros sentidos.

Esto no quiere decir

que debamos descartar todas nuestras ideas,

pero sí que deberemos buscar argumentos

a su favor y a su contra

antes de aceptarlas o rechazarlas.

A éste ejercicio de buscar

y sopesar argumentos

antes de aceptar como bueno

lo que creo saber es a lo que

en términos generales

se le suele llamar utilizar la razón.

 La razón se parece

a un conjunto de hábitos deductivos,    

 

autor: Fernando Sabater

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