La
certidumbre personal de la muerte nos humaniza
El
pensamiento que todo ser humano tiene
y
que le caracteriza como tal
es
el pensamiento sobre su muerte,
sobre
qué es tan cercana a él
cómo
al resto de sus congéneres
y
que no por ser él mismo va a ser librado de este paso.
Esta
toma de conciencia
acerca
de la propia mortalidad
es
lo que supone comenzar a pensar
que
uno mismo también es mortal
y
también supone un comenzar, en general,
a pensar.
Nos
hace madurar personalmente.
Una
vez que uno se hace consciente
de
su propia muerte comenzará a pensar en la vida.
Un
animal es mortal, como un hombre,
pero
no es consciente de serlo.
Las
fieras pueden ser capaces de presentir el peligro,
pero
no son conscientes de que van a morir
y
menos de que, necesariamente van a morir.
La
muerte es algo necesario para la vida,
por
lo que cualquier ser vivo, irremediablemente,
morirá,
él, no ningún otro en su lugar,
pues
la muerte es algo necesario
unido
al estar vivo,
un
trance que obligatoriamente
se
habrá de pasar.
La
deuda que todos tenemos con la muerte
la
debe pagar cada cual con su propia vida, no con otra
Al
estar la muerte y la vida indiscutiblemente ligadas,
desde
el momento en el que comenzamos a vivir
estaremos
ya incansablemente perseguidos por la muerte.
Aunque
en un momento de nuestra vida
nos
encontremos jóvenes y sanos,
siempre
podrá caber la posibilidad de tener un accidente
o de
ser asesinado,
lo cual nos induce a pensar
que
la muerte ha de ser en todo momento
algo
tomado en cuenta,
pues siempre acechará tras nuestra vida.
No
morimos por que estemos enfermos
sino
porque estamos vivos
Podemos
pensar, en cierto modo
incluso
con añoranza,
en
la inmortalidad,
pero
en caso de ser inmortales
ya
no seríamos humanos,
seríamos
dioses.
Las
religiones nos prometen
una
vida después de la muerte.
De
esta promesa podríamos deducir
que
son los creyentes los que se engañan,
tratando
así de evitar el enfrentamiento personal con la muerte.
Nosotros
no somos capaces
de
imaginarnos muertos. Lo más similar que podemos imaginar a este estado es
cuando estamos dormidos,
es
decir, quietos, ausentes,
con
los ojos cerrados,
Podría
ser que si los sueños
no existiesen a nadie
se
le hubiera ocurrido pensar
en
la existencia de esa prometida
vida
después de la muerte.
Epicuro
trataba de inculcarnos la idea de que la muerte
no
puede ser algo temible
para
quien reflexiona sobre ella.
Su
argumento nos trata de explicar
como
la persona y la muerte
nunca
son algo que coexistan,
pues
mientras la persona vive
no
lo hace con la muerte
y
cuando la muerte llega
es
porque la persona ya se ha ido.
Por
esta razón afirma que "indudablemente nos morimos, pero nunca estamos
muertos",
pues
según él lo terrible sería
tener
que convivir con la muerte,
es
decir, "quedarse consciente de la muerte,
quedarse
de algún modo presente
pero
sabiendo que uno ya se ha ido del todo".
Lucrecio,
discípulo de Epicuro,
apoya
la idea de este argumentando
que
si lo que nos pasa al morir
es
que "dejamos de ser",
esa
fase ya la hemos pasado otra vez,
antes de nuestro nacimiento.
"Inquietarse
por los años y los siglos
en
los que ya no estaremos
resulta
tan caprichoso como preocuparse
por
los años y los siglos
en
los que aún no habíamos venido al mundo"
Un
gran pensador del siglo XVIII
daba
la razón a Lucrecio afirmando que el estado
en
el que nos encontrábamos
antes
de la vida es al estado presente
como
este al futuro.
Pero
aunque desde su punto de vista
los
momentos contrapuestos
tengan
igualmente como conclusión
un
cambio parecido
y
tendríamos que temerlos de la misma forma,
nosotros
seguiremos sin verlos igual,
al no ser lo mismo ver algo que nos amenaza
de
manera inminente que el ver
que
también hace tiempo tuvimos
la
amenaza de un cambio de estado,
aunque
no saliéramos tan mal parados de él.
Según
Spinoza no encontraremos nada positivo
que
pensar en la muerte,
pues
siempre que pensamos en ella
lo
que vemos son cosas negativas,
ya
sea la muerte deseada,
pues
lo que veremos
será
lo malo del mundo que vivimos,
o
sea una muerte indeseada,
pues
en lo que pensaremos
será
en todo lo que dejaremos en este mundo.
Pero
en ambos casos la muerte
sólo
es la otra cara de la vida,
a la
que siempre acabamos volviendo
cuando
pensamos en la muerte,
por
lo que en vez de quedarnos encerrados
en
la angustia de la muerte,
quizá
lo que deberíamos fuera intentar
comprender
esa vida hacia la que
el
pensar en la muerte siempre nos remite.
Antes
de responder a las preguntas
que
se nos plantean sobre la vida
deberemos
preguntarnos
cómo
vamos a responderlas de manera convincente,
si no podemos responderlas
de
manera convincente,
al
menos deberemos buscar
cómo
podemos entenderlas mejor,
pues
a veces puede ser casi
tan
importante o válido el comprender
bien
la pregunta como una respuesta en sí.
Para
empezar, la pregunta
nunca
puede nacer de la pura ignorancia.
Si
yo creyese que no sé nada
o en
realidad no supiera nada
no
podría preguntarme acerca de las cosas,
pues
siempre mis preguntas
vienen
hechas desde la base
de
mis conocimientos
porque
estos me parecen insuficientes y dudosos.
Acerca
de lo que no sé absolutamente
nada
ni siquiera puedo dudar o hacer preguntas
Por
esto debo examinar mis conocimientos,
sobre
los que puedo empezar haciendo tres preguntas:
Al
hacerme la primera pregunta
me
doy cuenta de que de los conocimientos que poseo,
unos
me los han dicho otros,
otros
los he estudiado
y
sin embargo otros los he adquirido
por
experiencia propia.
Pero,
¿hasta qué punto
estoy
seguro de mis conocimientos?
No
todas las cosas tienen el mismo grado
de
certeza para nosotros
ni
me parece que sean igualmente fiables.
Creerme
algo solamente
porque
me lo han dicho
no
es prudente, las cosas estudiadas
a
veces con el paso del tiempo varían y,
en
cuanto a la experiencia propia,
muchas
veces somos engañados por nuestros sentidos.
Esto
no quiere decir
que
debamos descartar todas nuestras ideas,
pero
sí que deberemos buscar argumentos
a su
favor y a su contra
antes
de aceptarlas o rechazarlas.
A
éste ejercicio de buscar
y
sopesar argumentos
antes
de aceptar como bueno
lo
que creo saber es a lo que
en
términos generales
se
le suele llamar utilizar la razón.
La razón se parece
a un
conjunto de hábitos deductivos,
autor:
Fernando Sabater
No hay comentarios:
Publicar un comentario